madre soltera
“La madre de una madre solatera es una abuela obligada a rezar a escondidas porque, ¿Qué cuentas le va a rendir a Dios?
(Tarcisio Bertone, Secretario del Estado del Vaticano, al leer el mensaje del Benedicto XVI en el Sexto Encuentro Mundial de las Familias)
Cuando supo que su hija estaba embarazada comenzó a preocuparse por la muerte.
No porque la sintiera aproximarse… cosa que sin duda sucedía. Sino porque… cuando llegara el momento… seria incapaz de ver a la cara a Dios. Eso si tenia siquiera oportunidad de tenerlo frente a ella. Lo mas probable es que al morir la manden derechito al purgatorio… o peor aun… al infierno.
Tenia que ser así. Había fracasado en el difícil arte de inculcarle a su hija los más elementales valores cristianos… y –en consecuencia‑ ahora ella daría a luz a una criatura sin padre. Eso… sumado al justo que en un primer momento le dio al recibir la noticia… era motivo suficiente para que la condenaran por la eternidad.
Su primer impulso fue pedir perdón. Arrodillarse ante el crucifijo e implorarle que tuviera misericordia de ella… que la entendiera… que había hecho todo lo que estuvo en sus manos… pero que nada fue suficiente… que su hija era terca como una mula… que nunca la escucho… siempre hizo lo que le vino en gana… siempre le dio la espalda a sus consejos. Pero de inmediato sintió terror ante la sola idea de que su Dios se mantuviera inmutable y no tuviera para ella el más insignificante dejo de compasión.
Ponerlo al corrigen –pensó‑ seria acelerar lo inevitable.
Así que decidió mantenerlo fuera del asunto hasta que no hubiera más remedio que confesarle todo. Mientras tanto… seguiría rezándole con el fervor de todos los días… sin mentirle… tan solo le dosificaría la información.
La decisión… sin embargo… no la dejo tranquila. La incomodad de no poder ver a su Señor de frente… de no poder sostenerle la mirada… no la dejaba dormir… mucho menos concentrarse en sus labores diarias. Siempre estaba preocupada por no cometer un error… por no hablar… pensar o rezar de más.
Hasta que un día… mientras desflemaba unos chiles y se reprochaba el nunca haber puesto de cabeza a San Antonio para que su niña consiguiera un hombre confiable… encontró el camino para redimir sus pecados. Se encargaría de convencer a los santos de su devoción para que intercedieran por ella. Si bien Dios podría ser inflexible a sus plegarias… con el respaldo de cuatro o cinco santitos… la balanza –sin duda‑ se inclinaría a su favor.
Se dedico en cuerpo y alama a esta tarea… la de ganar santos a su causa. Pero no se conformo con rezarles novenas… o darles regalitos. Había que asegurar que contaría con su apoyo… así que los presionó… los llevo al limite para obligarlos a que la entendieran… a que –llegado el momento‑ se mantuvieran firmes detrás de ella.
Al día siguiente fue al mercado a comprar estatuillas de San Charbel… San Judas Tadeo… San Martín de Porres y San Francisco de Asís. En su casa tenia una de San Antonio y un Niñito Jesús.
De regreso… coloco a todos sobre la mesa de la cocina… fue por la estatuilla de San Antonio y el niñito Jesús y se sentó frente a ellos. les expuso su caso… se escudo diciendo que nunca había contado con el apoyo de su marido para la educación de sus hijos y que ahora que estaba muerto… menos tenia a quien recurrir.
‑De ante mano les pido disculpas‑ dijo –pero no veo otra salida.
Empezó con San Antonio… lo tomo entre sus manos y lo paro frente al fregadero. Tomo un vaso del escurridor… lo lleno de agua y metió en él al Santo de cabeza. Después de rezo durante media hora. Volvió a pedirle disculpas y le dijo que era algo temporal.
San Charbel fue el siguiente… lo llevo a su recamara… busco en su buró y sacó una bolsa con listones… uno por uno amarro listones al Santo hasta que no hubo donde amarrarle uno más. Empezó por los ojos… luego el cuello… los brazos… la boca… el vientre… toda la estatuilla quedo cubierta de listones de colores. Cada listono apretado con cuanta fuerza le fue posible.
A San Judas lo metió al horno y lo encendió a 180º… a San Martín lo deposito en un rincón de la cochera… luego barrio todo el lugar y amontono el polvo a su alrededor. A San Francisco… ya corta de ideas… simplemente le prendió todas las veladoras que encontró en la casa y las acercó hasta que lo quemaran.
Por ultimo volteo a ver al Niñito Jesús… pero fue incapaz de hacerle algo… lo tomo en sus manos… lo beso y lo regreso a su lugar.
Todos los días sacaba a San Antonio del vaso con agua y lo secaba… desataba a San Charbel… Limpiaba a san Martín… rescataba a San Judas del horno y curaba las quemaduras de San Francisco… les rezaba durante mas de hora y media… y luego volvía a tortura a cada uno de ellos.
Desde entonces volvió a dormir tranquila… incluso soñaba que llegaba a las puertas del Cielo y su Señor la recibía con una sonrisa.
‑Perdona si te he mortificado‑ le decía –No tienes idea las maravillas que estos santos han hablado de ti.
No porque la sintiera aproximarse… cosa que sin duda sucedía. Sino porque… cuando llegara el momento… seria incapaz de ver a la cara a Dios. Eso si tenia siquiera oportunidad de tenerlo frente a ella. Lo mas probable es que al morir la manden derechito al purgatorio… o peor aun… al infierno.
Tenia que ser así. Había fracasado en el difícil arte de inculcarle a su hija los más elementales valores cristianos… y –en consecuencia‑ ahora ella daría a luz a una criatura sin padre. Eso… sumado al justo que en un primer momento le dio al recibir la noticia… era motivo suficiente para que la condenaran por la eternidad.
Su primer impulso fue pedir perdón. Arrodillarse ante el crucifijo e implorarle que tuviera misericordia de ella… que la entendiera… que había hecho todo lo que estuvo en sus manos… pero que nada fue suficiente… que su hija era terca como una mula… que nunca la escucho… siempre hizo lo que le vino en gana… siempre le dio la espalda a sus consejos. Pero de inmediato sintió terror ante la sola idea de que su Dios se mantuviera inmutable y no tuviera para ella el más insignificante dejo de compasión.
Ponerlo al corrigen –pensó‑ seria acelerar lo inevitable.
Así que decidió mantenerlo fuera del asunto hasta que no hubiera más remedio que confesarle todo. Mientras tanto… seguiría rezándole con el fervor de todos los días… sin mentirle… tan solo le dosificaría la información.
La decisión… sin embargo… no la dejo tranquila. La incomodad de no poder ver a su Señor de frente… de no poder sostenerle la mirada… no la dejaba dormir… mucho menos concentrarse en sus labores diarias. Siempre estaba preocupada por no cometer un error… por no hablar… pensar o rezar de más.
Hasta que un día… mientras desflemaba unos chiles y se reprochaba el nunca haber puesto de cabeza a San Antonio para que su niña consiguiera un hombre confiable… encontró el camino para redimir sus pecados. Se encargaría de convencer a los santos de su devoción para que intercedieran por ella. Si bien Dios podría ser inflexible a sus plegarias… con el respaldo de cuatro o cinco santitos… la balanza –sin duda‑ se inclinaría a su favor.
Se dedico en cuerpo y alama a esta tarea… la de ganar santos a su causa. Pero no se conformo con rezarles novenas… o darles regalitos. Había que asegurar que contaría con su apoyo… así que los presionó… los llevo al limite para obligarlos a que la entendieran… a que –llegado el momento‑ se mantuvieran firmes detrás de ella.
Al día siguiente fue al mercado a comprar estatuillas de San Charbel… San Judas Tadeo… San Martín de Porres y San Francisco de Asís. En su casa tenia una de San Antonio y un Niñito Jesús.
De regreso… coloco a todos sobre la mesa de la cocina… fue por la estatuilla de San Antonio y el niñito Jesús y se sentó frente a ellos. les expuso su caso… se escudo diciendo que nunca había contado con el apoyo de su marido para la educación de sus hijos y que ahora que estaba muerto… menos tenia a quien recurrir.
‑De ante mano les pido disculpas‑ dijo –pero no veo otra salida.
Empezó con San Antonio… lo tomo entre sus manos y lo paro frente al fregadero. Tomo un vaso del escurridor… lo lleno de agua y metió en él al Santo de cabeza. Después de rezo durante media hora. Volvió a pedirle disculpas y le dijo que era algo temporal.
San Charbel fue el siguiente… lo llevo a su recamara… busco en su buró y sacó una bolsa con listones… uno por uno amarro listones al Santo hasta que no hubo donde amarrarle uno más. Empezó por los ojos… luego el cuello… los brazos… la boca… el vientre… toda la estatuilla quedo cubierta de listones de colores. Cada listono apretado con cuanta fuerza le fue posible.
A San Judas lo metió al horno y lo encendió a 180º… a San Martín lo deposito en un rincón de la cochera… luego barrio todo el lugar y amontono el polvo a su alrededor. A San Francisco… ya corta de ideas… simplemente le prendió todas las veladoras que encontró en la casa y las acercó hasta que lo quemaran.
Por ultimo volteo a ver al Niñito Jesús… pero fue incapaz de hacerle algo… lo tomo en sus manos… lo beso y lo regreso a su lugar.
Todos los días sacaba a San Antonio del vaso con agua y lo secaba… desataba a San Charbel… Limpiaba a san Martín… rescataba a San Judas del horno y curaba las quemaduras de San Francisco… les rezaba durante mas de hora y media… y luego volvía a tortura a cada uno de ellos.
Desde entonces volvió a dormir tranquila… incluso soñaba que llegaba a las puertas del Cielo y su Señor la recibía con una sonrisa.
‑Perdona si te he mortificado‑ le decía –No tienes idea las maravillas que estos santos han hablado de ti.
Etiquetas: Tarcisio Bertone
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