mal sueño
“Digamos que sólo fue un mal sueño”
(Virgilio Andrade, consejero del IFE, sobre la pretensión de ganar más de 300 mil pesos al mes)
Cuando era joven le sucedía todo el tiempo. De ahí que creciera derrotado… sin ideales… dominado por un cinismo vulgar… pragmático.
Por lo menos una vez al mes despertaba a primera hora del sábado… como si tuviera que ir a la escuela. Entonces lo invadía una inmensa felicidad. Aquella que sólo se encuentra en el vacío… en la ausencia de obligaciones. Respiraba profundo y sentía como sus pulmones se expandían… como esa carga… que lo acongojo durante la semana… desaparecía de su pecho.
No había necesidad de apresurarse y mal desayunar antes de salir a clases. Cualquier pendiente podía ser postergado para el domingo… quizá incluso para el lunes en la mañana. A sus pies yacía el día entero para hacer lo que le viniera en gana… sin horarios… sin instructores ni maestros… sin responsabilidad alguna.
Nada importaba. Si no lograba dormirse de nuevo se quedaba tendido sobre la cama hasta que despertaba por completo ‑acostado boca arriba… con los brazos detrás de la nuca… proyectando la inmensidad del vacío sobre el techo‑ hasta que se libraba del letargo y podía pensar con claridad… sin esa niebla que el sueño genera en la mente de quienes amanecen. Entonces caía en cuenta que era miércoles –o cualquier otro día de la semana‑ que hacia media hora debía haber terminado de bañarse… y que no tendría tiempo de desayunar si quería albergar la esperanza de que lo dejaran entrar a la escuela… aunque fuera con retardo.
De inmediato se paraba de la cama y sentía algo oprimiéndole el pecho. El peso de la realidad resultaba abrumador.
Por lo menos una vez al mes despertaba a primera hora del sábado… como si tuviera que ir a la escuela. Entonces lo invadía una inmensa felicidad. Aquella que sólo se encuentra en el vacío… en la ausencia de obligaciones. Respiraba profundo y sentía como sus pulmones se expandían… como esa carga… que lo acongojo durante la semana… desaparecía de su pecho.
No había necesidad de apresurarse y mal desayunar antes de salir a clases. Cualquier pendiente podía ser postergado para el domingo… quizá incluso para el lunes en la mañana. A sus pies yacía el día entero para hacer lo que le viniera en gana… sin horarios… sin instructores ni maestros… sin responsabilidad alguna.
Nada importaba. Si no lograba dormirse de nuevo se quedaba tendido sobre la cama hasta que despertaba por completo ‑acostado boca arriba… con los brazos detrás de la nuca… proyectando la inmensidad del vacío sobre el techo‑ hasta que se libraba del letargo y podía pensar con claridad… sin esa niebla que el sueño genera en la mente de quienes amanecen. Entonces caía en cuenta que era miércoles –o cualquier otro día de la semana‑ que hacia media hora debía haber terminado de bañarse… y que no tendría tiempo de desayunar si quería albergar la esperanza de que lo dejaran entrar a la escuela… aunque fuera con retardo.
De inmediato se paraba de la cama y sentía algo oprimiéndole el pecho. El peso de la realidad resultaba abrumador.
Etiquetas: Virgilio Andrade
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